Inusual.

Te veo, estas sufriendo. Estoy sufriendo por vos. Tenes miedo, dolor y mucha ira. Tus ojos están prendidos como el fuego en una caverna vacía. Pero, si supieran… si te conocieran como yo, en tus buenos días: amor y nada más. Te levantas, compones un par de versos, te volves a dormir, posiblemente por el analgésico que tomas para calmar las voces o, posiblemente, porque te lo salteaste y la noche es tu enemiga. ¡Qué difícil estar enfermo sin tener síntomas visibles! Más difícil aún, vivir así. Tengo miedo, de que algún día decidas terminar esto… Miedo de que lastimes a quien te parezca oportuno en un ataque de frenesí, esos que te dan cada una o dos semanas, en los cuales no paras, seguís viviendo en tu realidad: tu campo de batalla… y te duele. Ese dolor, el más difícil, el que le queres demostrar que sos más fuerte, que con vos no va a poder. Pero puede, de hecho, te maneja la cabeza y tu actuar. Que distinto sería esto, que distinto seríamos nosotros… que quebrados que estamos… ¿Qué puedo hacer más que esperar? Ahí venís devuelta… Seguís sufriendo.

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